La Columna del Museo

Leer la ciudad. Notas sobre El río, Gran Avenida y Charapo

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Fotografía de Rodrigo Booth

Rodrigo Booth, Historiador y Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos, nos invita a reflexionar sobre la ciudad a partir de la narrativa y la poesía.

02/05/2018

Fuente: Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna

Para quienes nos interesamos profesionalmente por el estudio de las ciudades, los libros y los artículos científicos conforman algo así como un cuadro de conocimientos especializados validados por expertos que nos enseñan sobre fenómenos y procesos urbanos. Leer ese tipo de trabajos es una parte central de la investigación académica y es una condición tanto para quienes estudian las ciudades, como para quienes desean transmitir ese conocimiento a través de las actividades habituales en las que se difunde el saber, a través de clases, charlas y presentaciones de cualquier tipo, así como mediante la redacción de otros libros y artículos científicos en los que se vierte el nuevo conocimiento.

La nuestra es una cultura letrada, por lo que más allá del nuevo predominio de lo visual en los medios de comunicación masiva, de las imágenes en las redes sociales y de las opiniones orales que abundan en el espacio público, lo cierto es que el binomio escritura-lectura sigue siendo la forma principal de comunicación del conocimiento.
Parece una paradoja, pero los investigadores leen poco. La especialización extrema de la labor científica en todos los campos ha llevado a los investigadores a concentrar su atención y su tiempo únicamente sobre lecturas centradas en sus dominios de especialización, publicaciones especializadas que adquieren la forma del paper científico y, en el dominio amplio de las ciencias sociales y las humanidades, de libros también especializados cuyo valor ha ido decayendo paulatinamente. Fuera del campo de especialización, en cambio, la lectura ha ido perdiendo su antiguo prestigio. Hoy día no es difícil encontrar a académicos que, apremiados por la exigencia de la publicación continua que mejore sus indicadores, no conozcan ni los clásicos ni las novedades, que desprecien la literatura arguyendo que no se trata de un ámbito de interés para el conocimiento o que simplemente no les interesa.

La literatura nos permite comprender las ciudades de un modo que no puede ser iluminado ni por la investigación ni por la crítica. La narrativa y la poesía llenan la vida urbana de emociones, reflejan nuestra experiencia en la ciudad a través de la ficción, la descripción de nuestros entornos cotidianos adquieren un sentido nuevo, que de tanto observarlos no solemos imaginar ni nos permitimos el tiempo de reflexionar en ellos. Lanzarnos al mundo de la literatura con la candidez del lector que busca allí alcanzar un placer estético, como defendía el escritor americano Saúl Bellow frente a las asépticas atenciones sobreinterpretativas de los estudios literarios, nos permite observar la ciudad con ojos nuevos y encontrar allí una lectura sensible de los espacios que habitamos.

Durante la última década, el esfuerzo de numerosos editores independientes ha renovado la producción literaria chilena. Si bien nunca han faltado los buenos escritores en Chile, en el último tiempo numerosos narradores y poetas que permanecían inéditos han encontrado en las editoriales independientes un refugio que alimenta el panorama artístico local con publicaciones que incluyen diversos registros y que comprometen la lectura de nuestros espacios citadinos: en muchos de estos trabajos recientes la ciudad aparece como protagonista, como motivo, como escenario o como fondo de las acciones que componen los textos. Aunque el listado de publicaciones sería muy extenso como para pretender ser comprensivo o totalizador, quisiera mencionar solo tres trabajos que no solo se destacan entre lo mejor que ha sido publicado en los últimos años por estas editoriales, sino que también por entregarnos una visión sobre la ciudad de Santiago que se expone de un modo en que los estudios urbanos no han podido profundizar. Tres generaciones de escritores dan cuenta además de la pervivencia de los motivos urbanos para la escritura de la literatura chilena.

En primer lugar podemos considerar la novela autobiográfica de Alfredo Gómez Morel, El Río (Tajamar Editores, 2014. Hay una segunda edición publicada en 2017), un excelente ejemplo del registro de espacios urbanos de Santiago en una obra de narrativa. Publicado originalmente en la década de 1960 y muy difícil de encontrar hasta esta reedición, el libro de Gómez Morel narra con cierta crudeza la vida de abusos que enfrentó su autor en la infancia y el refugio que encontró en la vida dura del río Mapocho, donde fue acogido por otros niños y jóvenes marginales que contribuyeron en su formación como delincuente. En sintonía con ello la novela de Gómez Morel describe los márgenes de la ciudad y de la sociedad santiaguina, exponiendo los espacios por los que transitan los pelusas y choros que protagonizan el libro en las islas del Mapocho, en torno a las inmediaciones de la estación Mapocho y la Vega, en los barrios de cuchilleros y prostíbulos cercanos, trazando un registro de la experiencia urbana santiaguina de las décadas del 20 y del 30, en que transcurre la experiencia infantil y juvenil del autor. Esta obra nos da cuenta de la experiencia de los desheredados del mundo urbano, marginales y explotados que observan la Ciudad (con mayúsculas como dice Gómez Morel) como una antagonista, un mundo de civilidad en el que no todos sus habitantes encajan.

En 2005 apareció el poemario Gran Avenida (Calabaza del Diablo, 2005. Reeditado por la editorial ariqueña Makinaria en 2016) de la escritora Gladys González, una de las voces más reconocidas de la poesía chilena actual. La fama de poeta punk y transgresora de González se observa en este trabajo inicial que registra en una clave poética su propia experiencia en barrios de Santiago donde “no hay glamour ni bares franceses para escritores” como ella misma señala en el poema inicial del libro, “Paraíso”. Bares, paraderos, almacenes, panaderías, las cunetas, las escaleras del metro, el mercado, las calles inundadas y embarradas de los barrios pobres, trayectos en taxis o colectivos, en fin, lugares comunes que proponen el escenario de la vida de la zona sur de Santiago, entre Gran Avenida y la avenida Santa Rosa, son presentados en esta obra potente que expone en lengua poética la vida diaria (y especialmente la vida nocturna) de miles de santiaguinos cuya experiencia por lo general no se registra en esta clave. El trabajo de Gladys González no sólo es de altísima calidad, sino que también permite que los lectores puedan acercarse a aspectos de la vida urbana del Santiago contemporáneo que han sido poco tratados por la literatura.

Jóvenes escritores como Pablo Sheng también se han aventurado a observar con ojos propios la nueva realidad social del Santiago contemporáneo. Su obra Charapo (Cuneta, 2016) exhibe las peripecias y los dolores de un inmigrante peruano que se dedica a sobrevivir en los barrios comerciales de la Vega y Patronato, en Recoleta. El autor ficciona uno de los principales problemas urbanos contemporáneos, vinculado a las formas de vida de la migración económica que se ha vuelto uno de los temas recurrentes de la política pública en los últimos años. El protagonista de esta novela, alias Charapo, enfermo, amenazado por la pobreza y por la nostalgia motivada por la distancia de su familia en Perú, así como por las dificultades que implica la vida del extranjero en una ciudad desconocida y poblada por personas distantes que hacen de Santiago un lugar inhóspito, a contrapelo del mito nacional, se vincula por necesidad con grupos de mafiosos coreanos que lo explotan laboral y físicamente. Ambientado en una ciudad decadente, en Charapo Sheng nos muestra la la dura vida que enfrentan miles de migrantes urbanos que han hecho de esta ciudad su hogar.

Muchas otras obras recientes dan cuenta de la realidad social y cultural de nuestras ciudades. Sería largo ofrecer aquí un listado exhaustivo de escritores se han animado a utilizar a Santiago como motivo para su obra. Pero quisiera destacar la importancia que tiene la lectura de este tipo de trabajos narrativos o poéticos que nos permiten repensar la ciudad en la que vivimos. La estimulante producción literaria de las editoriales independientes en los últimos años nos llevan a imaginar un futuro bien provisto de obras que continuarán densificando la construcción de ese Santiago literario que todos habitamos.

Rodrigo Booth es profesor asociado e investigador en el departamento de arquitectura de la Universidad de Chile. Historiador y Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos. Sus áreas de interés abarcan la historia de la arquitectura, la ciudad y el territorio, la historia de la tecnología, la historia del transporte y la movilidad, la historia de la fotografía y los estudios sociales del turismo.

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Palabras clave: La columna del Museo
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